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Escucha a la Selección por radio en un paraje del sur tucumano que se resiste a desaparecer por las inundaciones

Tito Mario Nieva nació y se crió en Los Jereces, uno de los parajes más aislados del sur tucumano. Perdió 20 cabras durante la última inundación, pasa gran parte de sus días cuidando a sus animales y, cuando no puede viajar hasta La Esperanza, sigue los partidos de la Selección A…

Benjamín Papaterra5 min de lectura
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Escucha a la Selección por radio en un paraje del sur tucumano que se resiste a desaparecer por las inundaciones
Escucha a la Selección por radio en un paraje del sur tucumano que se resiste a desaparecer por las inundaciones

Resumen para apurados

Mientras millones de argentinos viven el Mundial frente a un televisor o siguiendo las estadísticas desde un celular, Tito Mario Nieva mantiene una costumbre que aprendió mucho antes de que la electricidad llegara a Los Jereces: escuchar a la Selección por una radio a pilas. Tiene 65 años y nació en ese paraje del departamento Graneros. La mayor parte de su vida transcurrió allí, en una zona que hoy sobrevive entre caminos de tierra, alambrados derribados por las crecientes del río Marapa y casas que quedaron vacías con el paso de los años.

Su rancho resume esa forma de vida. A pocos metros permanece la casa donde se crió junto a sus padres. Hoy está semidestruida: ya no tiene techo y apenas quedan algunas paredes que resisten el paso del tiempo y las inundaciones. Al lado aparece una construcción sencilla donde pasa gran parte de sus días. Afuera, varias cabras recorren el monte mientras él acomoda su moto. Lleva una gorra, una camiseta térmica y otra celeste y blanca que, desde lejos, parece de la Selección. Al acercarse, el escudo despeja cualquier duda: es de Racing.

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Dentro del rancho no sobra nada, pero tampoco falta lo indispensable. Un pequeño catre cubierto por acolchados para combatir el frío, una radio, una olla apoyada sobre el fuego, algunas botellas de agua para consumir y una taza junto a un vaso colgados de unos ganchos conforman el espacio donde transcurren sus jornadas. Detrás se encuentra el corral donde cría alrededor de 50 cabras, su principal fuente de ingresos. Además de vender cabritos, también elabora quesos de cabra. Es un trabajo que conoce desde siempre y que decidió mantener cuando, después de formar una familia, construyó una casa en La Esperanza, ubicada a unos 10 kilómetros. Aunque su familia vive allí, él pasa la mayor parte de la semana en Los Jereces cuidando a sus animales.

"He nacido y me he criado aquí. Después hice la casa allá, en La Esperanza, cuando me junté en pareja. Viví unos años, pero por los animales me vine otra vez. Casi vivo aquí, porque la mayor parte de los días estoy acá", cuenta.

Su historia también está atravesada por las inundaciones que golpean periódicamente la zona cuando el río Marapa aumenta su caudal. La última crecida dejó heridas difíciles de olvidar. Las aguas arrasaron parte del campo y se llevaron animales que jamás pudo recuperar. "Se me murieron unas 20 cabras y el agua me llegaba hasta el pecho. Tuve que improvisar un campamento a unos kilómetros de acá para poder estar cerca de mis cabras", recuerda con resignación.

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No fue la única pérdida. También el horno de barro donde cocinaba quedó inutilizado por la fuerza del agua. Sin embargo, sostiene que el golpe más duro fueron los animales. Para alguien que ha visto repetirse las inundaciones durante décadas, la comparación surge de inmediato. "La última fue peor que la del 2017 y también peor que la del 92. Muchísimo más fuerte", afirma. Explica que el agua alcanzó lugares donde nunca antes había llegado. Sectores que durante años permanecieron secos quedaron completamente cubiertos. "Todo era agua. Incluso llegó a Barrancas, un paraje al que no llegaba el agua", resume.

Aun así, no piensa abandonar el lugar donde nació. Su vínculo con Los Jereces también está marcado por los recuerdos. Cuando era chico no existía el tendido eléctrico. Las noches se iluminaban con mecheros. Los partidos de fútbol solamente podían seguirse por radio. La electricidad llegó recién hacia fines de la década de 1990, varios años después de que él se mudara parcialmente a La Esperanza. Hoy el tendido existe, pero los cortes son frecuentes y la asistencia técnica prácticamente no llega debido al mal estado de los caminos. Por eso, la radio continúa siendo parte de su rutina.

El lunes pasado, mientras Argentina vencía a Austria por el Mundial 2026, Tito permanecía en el rancho. No hubo televisión. No hubo internet. Solo una radio a pilas que logra captar la señal de La Madrid y la imaginación suficiente para reconstruir cada jugada: el penal que Lionel Messi falló y los dos goles con los que el capitán selló la victoria argentina. "Lo escuché aquí", dice. Los goles también se festejaron entre el monte. "Sí, los grité", afirma.

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Lejos de vivirlo como una limitación, asegura que esa forma de seguir el fútbol todavía le produce satisfacción. "Desde chico me he criado escuchando los partidos por la radio y a mí eso me da una satisfacción", explica. Cuando el cronograma del Mundial lo permite, suele viajar hasta La Esperanza para reunirse con su familia y mirar los encuentros por televisión. Esta misma noche tenía previsto regresar para seguir el partido entre Argentina y Jordania, aunque también esperaba con interés el duelo entre Portugal y Colombia.

Su pasión por el fútbol, sin embargo, no se limita a la Selección. En una de las paredes del rancho también cuelgan un escudo de Atlético y otro de Central Norte de Salta. Ninguno, sin embargo, logra desplazar a Racing de su corazón. "Ese de Central Norte me lo regalaron. Atlético me gusta, pero si juega con Racing, quiero que gane Racing", dice entre sonrisas.

Mientras el resto del país vive pendiente de la clasificación argentina, Tito continúa alternando sus jornadas entre el corral, el fuego y la radio. En un paraje donde las crecidas modificaron caminos, derribaron alambrados y obligaron a muchas familias a marcharse, él sigue apostando por quedarse. Antes de despedirse vuelve a acomodar la moto y, casi de manera espontánea, se ofrece como guía para llegar hasta Sol de Mayo. Sabe que el sendero desaparece entre los yuyos y que el viejo puente colgante de chapa no resulta sencillo de encontrar para quien nunca estuvo allí. También cuenta que solamente queda un habitante. El resto: construcciones abandonadas, árboles secos y mucho barro. Conoce cada curva del camino igual que conoce el sonido de esa radio a pilas que, desde hace más de cinco décadas, le sigue llevando los goles de la Selección hasta uno de los rincones más aislados del sur tucumano.

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Información basada en una publicación de La Gaceta. El Radar Tucumán reversiona y contextualiza la nota.
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