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Pueblos fantasma: bajo el agua, mas no vencida, el renacer de Miramar de Asenuza

Las inundaciones de fines de los '70 destruyeron hoteles, viviendas y gran parte de la ciudad cordobesa. Décadas después, logró reconstruirse y convertir sus ruinas en un atractivo turístico.

Carlos Werner7 min de lectura
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Pueblos fantasma: bajo el agua, mas no vencida, el renacer de Miramar de Asenuza
Pueblos fantasma: bajo el agua, mas no vencida, el renacer de Miramar de Asenuza

Hay pueblos que nacen alrededor del agua. Y hay otros, como Miramar de Ansenuza, en el noreste de Córdoba, que aprendieron a sobrevivirle. En la costa de la inmensa Laguna de Mar Chiquita, de 600.000 hectáreas (también llamada Mar de Ansenuza o, popularmente, "Mar Cordobés"), se levanta una localidad marcada hoy por la belleza natural y el turismo, pero también por la tragedia y una resiliencia pocas veces vista en Argentina. Cuenta con una historia que, en parte, es casi un espejo de lo que pasó con Villa Epecuén, en Buenos Aires, sólo que allí el final fue muy distinto.

La historia de esta Miramar de tierra adentro (no confundir con la Miramar de la costa bonaerense) es también la historia de una pelea desigual contra la naturaleza. Fundada oficialmente en 1924, aunque poblada desde comienzos del siglo XX por inmigrantes italianos, cordobeses y santiagueños, la ciudad creció alrededor de las propiedades terapéuticas de las aguas saladas de la laguna, la más grande de su tipo en el país y una de las mayores de Sudamérica. Hacia los años 70 vivía su época dorada: tenía más de 110 hoteles, casino, anfiteatro, terminal de ómnibus y unas 5.000 plazas turísticas. Los visitantes llegaban de todo el país y del exterior, atraídos por los baños de barro y el paisaje. Y lo hacían sobre todo en verano, para disfrutar de las propiedades terapéuticas de la laguna. Hacían tratamientos de fango con yodo, calcio, azufre y magnesio. El agua no era termal, pero se termalizaba con calderas a leña.

Pero el mismo gigante que había dado vida a la localidad terminaría arrasando con gran parte de ella.

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Las primeras señales llegaron con las lluvias de comienzos de los años 70. La laguna, alimentada por los ríos Dulce, Suquía y Xanaes, comenzó a crecer lentamente hasta duplicar su tamaño. A finales de 1976, los grandes y torrenciales aguaceros comenzaron a ser sufridos especialmente en la zona rural. La cercana Colonia Müller (un enclave creado por alemanes e italianos) fue la primera en quedar bajo el agua, e incluso fueron anegados y destruidos por completo los puentes que la unían a Miramar. Los criaderos de nutrias debieron ser evacuados, y abandonadas las granjas y plantaciones de olivo.

Lo que siguió fue una catástrofe histórica. Entre 1977 y 1984, el agua avanzó sobre 37 manzanas de la ciudad y destruyó el corazón económico y turístico del pueblo.

La historiadora miramarense Mariana Zapata describió aquella tragedia con una frase que todavía resuena en la memoria colectiva: "La fuerza de la naturaleza embistió con todo su poder sobre la única población ribereña de la Mar Chiquita". Ningún intento logró contenerla. Los vecinos levantaron murallas de arena, bloques de cemento y barricadas improvisadas. Trabajaban día y noche haciendo guardias frente al avance del agua. Pero la laguna no paraba de crecer.

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"Era común dormir con la mano colgada del colchón para sentir cuando llegara el agua", recordó la vecina Elda Bima en uno de los testimonios más conmovedores sobre aquellos años. El momento más dramático ocurrió el 17 de mayo de 1978, cuando la laguna rompió el paredón defensivo construido por la municipalidad. "¡La laguna rompió la pared, se nos viene el agua!", gritó un hombre durante la madrugada.

Lo que siguió fue desesperación. Familias enteras escapaban cargando muebles, recuerdos y lo poco que podían salvar. "Nos cruzábamos con las mesitas de luz en brazos", recordó Elda. Muchos nunca volvieron a sus casas. Otros permanecieron viendo cómo el agua se tragaba lentamente hoteles, iglesias, comercios y plazas.

La inundación destruyó más de 100 hoteles, casi 200 viviendas familiares y decenas de comercios. El emblemático anfiteatro Nocheramas, con sus mesas y bancos hechos de cemento e inaugurado apenas meses antes, quedó bajo el agua. También desaparecieron barrios enteros y gran parte de la infraestructura turística que había convertido a Miramar en uno de los destinos más importantes del país.

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La tragedia no terminó con la retirada del agua. Durante años, los restos de la ciudad inundada permanecieron semisumergidos como un duelo permanente. Finalmente, en 1992, muchos edificios fueron demolidos mediante implosiones controladas. "Hubo quien enloqueció de dolor, otro que murió de pena", escribió Zapata. Pero también quedaron quienes decidieron resistir.

Entre ellos estaba Daniel Fontana, hijo de inmigrantes piamonteses y uno de los hombres que apostó por la recuperación turística del pueblo cuando parecía condenado al olvido. "Muchos nos decían que éramos locos", recordó sobre la construcción del primer hotel levantado después de la gran inundación. Su historia resume el espíritu de Miramar: incluso después de perder casas, criaderos de nutrias y trabajo durante otra crecida en 2003, siguió apostando por el lugar.

La ciudad volvió a sufrir inundaciones menores en 2002 y 2003, pero ya nada sería comparable con la devastación de fines de los 70. Desde entonces, Miramar aprendió a convivir con la amenaza constante de la laguna. Se construyeron nuevas defensas, canales aliviadores y una costanera pensada para futuras crecidas.

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Sin embargo, la naturaleza también ofreció una tregua inesperada. Desde 2009, el nivel del agua comenzó a descender por la sequía prolongada y las escasas lluvias. Las ruinas de la vieja ciudad emergieron nuevamente, transformándose en uno de los atractivos turísticos más impactantes de Córdoba.

En aquellos años fue posible caminar entre restos de hoteles, columnas destruidas, antiguas ramblas y paredes corroídas por la sal. Entre esas ruinas sobresalía el mítico Gran Hotel Viena, un edificio cargado de historias, leyendas y misterio. Construido por inmigrantes alemanes y austríacos en la década del 40, sobrevivió parcialmente a las inundaciones y asoma como uno de los símbolos de la memoria de Miramar.

Pero la localidad no vive sólo del pasado. El presente muestra otra cara: playas renovadas, excursiones náuticas, turismo de naturaleza y el crecimiento sostenido alrededor del Parque Nacional Ansenuza. La región alberga más de 350 especies de aves y se convirtió en un santuario para flamencos rosados y aves migratorias que llegan desde Alaska o el sur argentino.

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En 2008 el área de Mar Chiquita fue declarada, en una votación provincial, primera maravilla natural de Córdoba, distinción que permitió un exponencial crecimiento del número de visitantes. Con el paso de los años, el turismo volvió a crecer. Nuevos hoteles, cabañas y emprendimientos comenzaron a poblar nuevamente la costa. Aunque su población actual todavía es mucho menor que la de sus años dorados, Miramar recuperó algo más importante: la esperanza.

La historia de esta ciudad cordobesa no puede entenderse solamente como una sucesión de inundaciones. Es la historia de una comunidad que vio desaparecer su mundo bajo el agua, que llegó a sentir que el suyo se sumaría para siempre al calificativo de "pueblo fantasma", pero que pudo cambiar el curso de la las cosas. En definitiva, se trata de gente que aprendió que el agua podía destruirlo todo, excepto la voluntad de volver a empezar.

La palabra Miramar hace referencia a una posición geográfica privilegiada:  es la única ciudad construida a orillas de la inmensa laguna de Mar Chiquita. Y Ansenuza es el nombre ancestral con el que los pueblos originarios (los sanavirones) bautizaron a la laguna. Significa "aguas saladas" y está profundamente arraigado a la leyenda local de la hermosa pero cruel diosa del agua. La localidad adoptó oficialmente su nombre completo en 2014 para agregarle identidad aborigen y diferenciarse de otras ciudades costeras homónimas.Lorenzo Barone construyó lo que se considera el primer alojamiento para turistas en 1908. Hasta 1910 el agua para beber se traía desde Pozo de los Bueyes, a 25 kilómetros de la costa. Desde 1912, los turistas podían llegar en tren a la localidad de Balnearia y, tras cruzar 12 kilómetros de tierra, arribar a Miramar (el camino recién se pavimentó en 1954). El ferrocarril trajo nuevos habitantes a lo que era una estación balnearia sin caminos, ni electricidad, ni gobierno comunal. La fecha oficial de fundación fue el 18 de noviembre de 1924, día en que el gobernador de Córdoba, Julio A. Roca (h), firmó el decreto que estableció el ejido urbano de la población.

La Laguna de Mar Chiquita es poco profunda y su volumen sólo se achica por evaporación. Una falla geológica creó un dique natural que contuvo el agua de los ríos. Puede llegar a tener olas de dos metros. Se formó hace unos 50.000 años. Como el agua no tiene salida al mar se depositaron minerales que dieron origen a su salinidad. Desde tiempos inmemorables se repite allí un increíble fenómeno migratorio, en el que aves viajan desde lugares extremos, como el sur de Argentina o Alaska, hasta la región de Ansenuza. Actualmente se registran más de 350 especies, entre las cuales más de 140 son exclusivamente acuáticas. Se puede ver al flamenco austral, a la parina grande, al sirirí pampa y al cisne cuello negro, entre otras.

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Información basada en una publicación de La Gaceta. El Radar Tucumán reversiona y contextualiza la nota.
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