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Más allá de los títulos, Scaloni consolidó un liderazgo que transformó para siempre a la Selección

Con decisiones firmes, cercanía y una competencia interna permanente, el DT construyó un equipo preparado para cualquier escenario.

Bruno Farano5 min de lectura
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Más allá de los títulos, Scaloni consolidó un liderazgo que transformó para siempre a la Selección
Más allá de los títulos, Scaloni consolidó un liderazgo que transformó para siempre a la Selección

Resumen para apurados

Lionel Scaloni nunca fue un entrenador de grandes gestos. Desde que asumió en la Selección construyó una imagen serena. Habla pausado, mide cada palabra, casi nunca expone una emoción por encima de otra y difícilmente una cámara lo encuentre desbordado. Mientras alrededor todo parece incendiarse, él suele transmitir la sensación de que siempre tiene el control.

Sin embargo, en este Mundial fue diferente. Se lo vio caminar con la mirada perdida cuando los partidos se complicaban, apretar los puños, gritar indicaciones con una intensidad poco habitual y hasta quebrarse. Contra Egipto, cuando Argentina encontró el empate después de remar desde atrás, descargó un grito que llevaba varios minutos contenido y terminó abrazándose con una fuerza inusual a Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Ayala. También hubo lágrimas después de la clasificación a la final frente a Inglaterra. No fue casualidad.

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Fue, quizás, la primera vez que dejó de esconder todo lo que llevaba por dentro. Paradójicamente, ocurrió en el Mundial en el que más confianza le transmitía su equipo.

Durante años se habló de la capacidad táctica del entrenador nacido en Pujato. Se analizaron sus cambios, su lectura de los partidos, y su manera de reinventar a la Selección según el rival y el momento. Todo eso explica una parte del fenómeno. La otra, probablemente la más importante, está lejos del pizarrón.

Scaloni nunca dijo que dirigía futbolistas, siempre habló de personas que juegan al fútbol. Puede parecer un detalle semántico, pero en realidad es una declaración de principios.

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Desde el primer día entendió que un grupo no se construye únicamente con buenos jugadores. También necesita confianza, honestidad y reglas claras. Por eso nunca prometió lugares asegurados, ni regaló una camiseta por el pasado. Tampoco permitió que un apellido pesara más que el presente.

Durante este Mundial lo resumió en una frase que cayó con la naturalidad de quien habla de algo obvio. "Si alguno tiene que salir, saldrá. Ya ha pasado. Nadie está por sobre el equipo. Nadie juega por lo que dio; juega por lo que puede dar", remató.

No fue un mensaje para la prensa únicamente. Fue la síntesis de ocho años de conducción. Pero sobre todo, una advertencia para un plantel que ya lo había ganado absolutamente todo.

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Ahí aparece, probablemente, el mayor mérito de Scaloni. El DT logró convencer a un grupo que ya había tocado el cielo de que todavía quedaban montañas por escalar.

En el deporte de alto rendimiento ese suele ser el momento más difícil. Después de ganar aparecen la relajación, la comodidad o la falsa sensación de que el éxito alcanzado garantiza el siguiente. Pero a esta Selección le ocurrió exactamente lo contrario.

Llegó a Estados Unidos siendo campeona del mundo, bicampeona de América y ganadora de la Finalissima. Sin embargo, nunca jugó como un equipo satisfecho. Por el contario, jugó como uno que todavía sentía la necesidad de demostrar y a esa mentalidad Scaloni la alimentó todos los días.

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Lo hizo sosteniendo una competencia interna que jamás dejó de existir, dándoles minutos a quienes los merecían y sentando a quienes atravesaban un bajón futbolístico sin importar la historia que llevaran sobre los hombros. Lo hizo convenciendo a los suplentes de que también eran titulares del proyecto y, sobre todo, logrando algo que parece simple, pero que casi ningún entrenador consigue: que todos aceptaran esas decisiones.

Ese liderazgo se reflejó también dentro de la cancha, porque Argentina no ganó dos partidos iguales en este Mundial. A Argelia la dominó desde el juego, a Austria la superó desde la adaptación, contra Jordania encontró respuestas en la pelota parada, frente a Cabo Verde sobrevivió en el alargue, remontó un partido bravísimo contra Egipto, resistió el desgaste frente a Suiza, y contra Inglaterra volvió a demostrar que también sabe competir cuando el margen de error desaparece.

Cada desafío encontró una respuesta distinta porque Scaloni nunca intentó que su equipo jugara siempre igual. A Scaloni sólo le importó competir de cualquier manera.

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Hay otra escena que se repitió durante toda la Copa del Mundo. En cada entrenamiento, mientras los futbolistas trabajaban, Scaloni caminaba alrededor del campo acompañado por Aimar, Samuel y Ayala. Conversaban durante largos minutos. A veces señalaban un movimiento y en otras simplemente hablaban. Era imposible saber el contenido de esas charlas, pero sí entender que nunca estuvo solo.

Quizás por todo eso esta Selección transmite una sensación difícil de explicar. La de un grupo en el que todos parecen importantes. El que juega, el que espera, el que entra cinco minutos y el que pasa un partido entero en el banco. Eso también es gestión y liderazgo.

Este Mundial mostró una versión distinta de del DT. Más tensa, más emocional y más humana. Tal vez porque ya no estaba construyendo un equipo, sino que estaba intentando sostener una obra que él mismo había levantado durante casi ocho años. Y esa responsabilidad pesa y mucho.

Las finales pueden sumar una estrella o dejar una cuenta pendiente. Pueden cambiar un resultado, pero difícilmente modifiquen una verdad que este ciclo viene construyendo desde hace tiempo.

Cuando asumió, Scaloni heredó una Selección golpeada por las derrotas, las críticas y las dudas. Hoy conduce un equipo que ya no necesita explicaciones para sentirse candidato, que no depende de una manera de jugar ni de un futbolista y que aprendió a competir, a reinventarse y a convivir con la presión sin perder su identidad.

Alguna vez dijo que gestionaba personas que jugaban al fútbol y ahí, quizás, esté la explicación de todo.

Antes de construir un campeón, Scaloni construyó un grupo que volvió a creer en sí mismo. Ese, probablemente, sea el legado más importante de un DT que eligió estar siempre cerca de sus jugadores, incluso cuando el lugar más cómodo hubiera sido tomar distancia. Si Argentina vuelve a tocar el cielo o si el destino le tiene preparado otro final, eso lo dirá el último partido. Pero lo que ya nadie podrá discutir es que detrás de este proceso hubo un líder que entendió algo esencial: los títulos se celebran, pero las personas son las que sostienen las historias.

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Información basada en una publicación de La Gaceta. El Radar Tucumán reversiona y contextualiza la nota.
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