La Iglesia Católica, al borde de la ruptura
La consagración de cuatro obispos sin autorización del papa León XIV reavivó un conflicto que comenzó en 1970.

Antes del comunicado del Vaticano, hubo una carta personal del Papa. Antes de la excomunión, décadas de negociaciones. Y antes del conflicto que hoy vuelve a sacudir a la Iglesia Católica, una discusión que comenzó hace más de medio siglo con el Concilio Vaticano II y que nunca terminó de cerrarse.
La confirmación de la excomunión de seis obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, tras la consagración de cuatro nuevos prelados sin autorización pontificia, no representa un episodio aislado. Más bien marca un nuevo capítulo de una de las fracturas más profundas del catolicismo contemporáneo. Una disputa que enfrenta dos maneras de entender la tradición, la autoridad del Papa y el rumbo que tomó la Iglesia tras el Concilio.
La historia comenzó en la década de 1960, cuando el Concilio Vaticano II impulsó una profunda renovación de la Iglesia católica. Entre otras transformaciones, promovió una mayor participación de los fieles en la liturgia, permitió que la misa dejara de celebrarse exclusivamente en latín para incorporar las lenguas nativas, fomentó el diálogo con otras religiones y redefinió la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo.
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Mientras para millones de católicos aquellas reformas representaron una actualización necesaria, para el arzobispo francés Marcel Lefebvre significaban un alejamiento de la tradición.
Con esa convicción fundó en 1970 la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, una comunidad que se propuso preservar la liturgia tradicional y una interpretación estricta de la doctrina católica. Sus miembros aún celebran la misa según el rito tridentino, en latín y con el sacerdote de espaldas a los fieles, además de cuestionar varios de los cambios introducidos por el Concilio.
Desde entonces, la relación con Roma quedó marcada por una tensión permanente aunque la influencia de Lefebvre creció en el mundo. Incluso el francés visitó la Argentina en varias oportunidades durante las décadas de 1970 y 1980 para fortalecer la presencia de la Fraternidad y ordenar sacerdotes. Fruto de ese impulso, la congregación se estableció en distintas provincias donde hoy mantiene capillas y prioratos.
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El conflicto alcanzó su momento más crítico en 1988. Ese año, Lefebvre decidió consagrar cuatro obispos sin el mandato del papa Juan Pablo II, pese a que el pontífice le había pedido expresamente que desistiera. Para el Vaticano, ordenar obispos sin autorización constituye una grave ruptura de la comunión eclesial.
La respuesta fue inmediata. El Sumo Pontífice polaco declaró que Lefebvre y los cuatro obispos habían incurrido en excomunión y calificó aquellas ordenaciones como un acto cismático, que en el derecho canónico implica romper la comunión con la autoridad del Papa o con la Iglesia que está unida a él. No obstante, la historia no terminó allí.
Durante las décadas siguientes hubo numerosos intentos de recomponer la relación.
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En 2009, el papa Benedicto XVI levantó la excomunión de los cuatro obispos consagrados en 1988 como un gesto para favorecer el diálogo, aunque la Fraternidad nunca obtuvo un reconocimiento canónico pleno dentro de la Iglesia.


Más tarde, durante el pontificado de Francisco, también hubo señales de acercamiento. El Papa concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver válidamente en el sacramento de la reconciliación y autorizó mecanismos para facilitar la celebración de algunos matrimonios con reconocimiento canónico.
Pese a esos avances, nunca se resolvió la aceptación de las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de la autoridad del Papa para conducir la Iglesia.
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La tensión reapareció esta semana en Écône, Suiza, el mismo lugar donde comenzó la ruptura de 1988.
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X consagró cuatro nuevos obispos -los franceses Michel Poinsinetde Sivry y Marc Hanappier, el estadounidense Michael Goldade y el suizo Pascal Schreiber- sin autorización del papa León XIV.
Antes de la ceremonia, el Pontífice les había enviado una carta en la que les suplicaba que renunciaran al proyecto. "Les suplico desde lo más hondo del corazón: reconsideren su decisión", escribió.
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La petición no fue atendida y durante una ceremonia celebrada al aire libre y enteramente en latín, miles de fieles acompañaron las ordenaciones. El superior general de la Fraternidad, Davide Pagliarani, calificó la jornada como un día "histórico" y sostuvo que las consagraciones buscaban garantizar la continuidad de la comunidad.
Pero un día después de las ordenaciones, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe confirmó que las consagraciones constituyeron un "acto de naturaleza cismática", y un decreto declaró excomulgados a los cuatro nuevos obispos y también a los dos prelados que actuaron como consagrantes, el español Alfonso de Galarreta y el suizo Bernard Fellay, por haber realizado las ordenaciones sin mandato pontificio.
Además, el Vaticano advirtió que cualquier fiel que adhiera formalmente a ese cisma también incurrirá en excomunión.
Con esta decisión, el episodio de Écône suma a una historia de varias décadas marcada por tensiones, intentos de diálogo y desacuerdos que agregan dolor a una herida que no cierra.


