Jaime Abello: "Hoy, con la inteligencia artificial, la mentira es más fácil que nunca"
El cofundador y director de la Fundación Gabo reconstruye cómo nació, de una conversación nocturna con García Márquez, una de las instituciones más influyentes del periodismo latinoamericano. Recuerda su amistad con Tomás Eloy Martínez y su visita a Tucumán. Reflexiona sobre los…

Resumen para apurados
Todavía guarda en la memoria los destellos de su primer cara a cara con Gabriel García Márquez. Sucedió en Barranquilla, en 1983. Jaime Abello Banfi apenas pisaba los 25 años y el premio Nobel de Literatura cargaba con 56 en sus espaldas. "En esa primera reunión, para decirlo sin rodeos, fui desafiante con él", admite Jaime. A Gabo, lejos de incomodarle la osadía, pareció divertirle aquel fantasma simpático; y a partir de allí lo trató como a un amigo. Se vieron cuatro o cinco veces, hasta que 10 años después, una tarde de diciembre de 1993 una amiga le anticipó a Jaime que Gabo iba a llamarlo por teléfono.
-Me pidió tu número- le había advertido.
Jaime atendió y del otro lado de la línea la voz inconfundible del Nobel largó el anzuelo sin preámbulos. "Voy a Barranquilla, invítame a comer".
El banquete se organizó para el "Día de los Santos Inocentes" en el club ABC de Barranquilla, una reliquia de los años 30 cuyas baldosas aún guardaban las siglas de un programa estético: Arte, Belleza y Cultura. Alrededor de la mesa, Jaime hizo sentar a García Márquez, su esposa Mercedes Barcha, el inolvidable cronista Ernesto McCausland y la antropóloga Margarita Abello. Gabo llevó la batuta de la noche, reviviendo anécdotas de cronista veterano y tundiendo con sorna las entrevistas fallidas y las mentiras que le habían colgado en las revistas.
Al terminar, Jaime acompañó al escritor al hotel El Prado. Se quedaron solos en el vestíbulo, bebiendo whisky bajo la medianoche, mientras Gabo desgranaba detalles sobre los talleres luminosos que impartía en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba. En un recodo de la charla, a Jaime se le encendió la lámpara:
-Oye, Gabo, y tú ¿por qué me estás echando todos estos cuentos de talleres y de reportería?
-Es que necesito que me ayudes a pensar- confesó el viejo maestro. Así nació todo.
A la noche siguiente, en una fiesta atestada de políticos locales y músicos vallenatos, García Márquez divisó a Jaime cuando entró a la fiesta y ordenó que le abrieran paso.
-Jaime, ven acá, siéntate a mi lado- dijo el Nobel de Literatura en un gesto de singular notoriedad.
Luego pasaron tres meses sin novedades hasta que en marzo del año siguiente (en 1994), coincidieron en la noche inaugural del Festival de Cine de Cartagena.
-Ajá y ¿ya has pensado?- preguntó Gabo, con fingida mala cara, como diciendo "me has tenido esperando todo este tiempo".
-Tengo una idea armada- respondió Jaime. Quedaron en reunirse dos días después en el hotel Hilton, donde el escritor solía jugar al tenis, y luego sentarse a desayunar. Jaime lo esperó para entregarle un escrito. Gabo leyó concentrado las dos páginas, se quitó los lentes y soltó su sentencia.
-Esto es lo que hay que hacer- dijo.
Faltaba ponerle números al sueño y blindarlo jurídicamente. Gabo preguntó por un gestor y Jaime propuso a su pariente Alberto Abello Vives. "Listo, contrátalo, yo lo pago", zanjó el patriarca. Así, siguieron reuniéndose los tres hasta que en junio de 1994, al borde de la piscina del hotel Caribe en Bocagrande, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano echó a andar los motores.
En aquellos primeros pasos de la FNPI (hoy Fundación Gabo), Tomás Eloy Martínez había terminado de escribir el primer borrador de la novela Santa Evita. Invitado por Gabo, el autor tucumano llegó a Cartagena de Indias para dar uno de los primeros talleres de periodismo y, de paso, asesorar a la nueva institución. "Fue cuando Tomás Eloy le pidió a Gabo, delante de mí -recuerda Jaime Abello-, que le regalara unas palabras para poner el cintillo del libro Santa Evita y a partir de ese momento nos volvimos grandes amigos con Tomás Eloy". Al año siguiente, aquel libro emblemático del escritor tucumano se publicó el 26 de julio de 1995, con esta frase de García Márquez: "Aquí está, por fin, la novela que yo quería leer".
Más de tres décadas después, un lunes de octubre, Jaime regresa de Madrid a Bogotá; el martes vuela a Cartagena de Indias y el jueves se instala en su casa en Barranquilla. A los 68 años, el director de la Fundación Gabo no conoce la quietud para el trabajo ni para el baile, porque lleva su costeñidad en la piel. Su agenda es un mapa de ruta perpetuo: un pie en el Caribe y el pulso puesto en el sur continental. Tiene agendada una escala en Buenos Aires y luego un paso fugaz por la brisa fría de Bariloche para noviembre.
Ese puente invisible que une las esquinas de América también lo conectó, alguna vez, con los cerros de Tucumán, una geografía que descubrió de la mano de Tomás Eloy Martínez. "Conocí a Daniel Alberto Dessein padre en las afueras de Tucumán", rememora, trayendo al presente aquel invierno de asado serrano, milongas y montañas. "Tomás Eloy me llevó a Tucumán; era muy amigo de Dessein y tenía una gran estima por el papel de LA GACETA Literaria, y hablaba con un gran respeto del trabajo que hacían en esas páginas. Me invitó en esa ocasión a que lo acompañara, (el 27 de junio de 1997 recibió el título "Honoris Causa" de la Universidad Nacional de Tucumán). Viajé especialmente desde Colombia. Otro que estuvo en esa ocasión fue Gonzalo Martínez (hijo del autor tucumano) que hizo una cobertura fotográfica y raíz de eso conocí a Dessein y el trabajo de LA GACETA Literaria, así que me encanta que esta entrevista sea para publicar en esas páginas. Estuvimos en una casa en la montaña, en un asado delicioso. Era en época de invierno, lo disfruté mucho y el señor Dessein parecía muy serio, pero tenía unos chispazos muy buenos de humor", recuerda Jaime Abello.
Con más de 30 años cuidando el fuego sagrado de la Fundación Gabo, Jaime Abello reflexiona sobre el alma de esta institución que no se ha permitido envejecer. Frente a las sucesivas crisis que han sacudido al periodismo -primero, la llegada de internet; después, el imperio de los algoritmos y ahora la marea simuladora de la inteligencia artificial-, "El Emperador", como lo llamaban en los primeros años, supo mantener la brújula intacta.
"La clave es asumir el cambio, mantenerse alrededor de unos compromisos que son esenciales y al mismo tiempo trabajar con equipos que se van renovando. Es decir, nos dimos cuenta de que el periodismo iba a cambiar y en eso hemos tenido la fortuna de contar con gente clarividente que ha hecho parte de nuestro grupo de maestros y del consejo rector -resalta-. Así empezamos una reflexión sobre el futuro del periodismo. La primera se hizo a los cinco años de la Fundación; otra a los 10 y luego a los 15. Podíamos tomarles el pulso a las tendencias del cambio y anticiparnos -resalta-. Entonces, la Fundación fue sensible y se dio cuenta de que había que compaginar ciertos aspectos fundamentales de nuestro programa, como por ejemplo, la ética periodística; la idea de que todo periodismo es investigativo; la idea de que la narración periodística es un elemento central del poder embrujador de las historias; la idea de que el periodismo ante todo le sirve al interés público. Lo segundo tiene que ver con que el compromiso fundamental de ser fieles al propósito de Gabriel García Márquez. Eso nos ayudó a mantener la claridad y el foco. Pero al mismo tiempo darnos el lujo de empezar a abrirnos a otros campos como la educación de niños y jóvenes, no la educación formal, sino la educación para contar historias y la educación mediática, que es algo que hacemos con proyectos como 'Macondo sí tiene quien lo escriba' o con los talleres que hacemos con niños y jóvenes. Es decir, Gabo no se volvió un ancla del pasado, sino una invitación hacia el futuro; es un factor de inspiración, de estímulo a las nuevas generaciones con las aperturas a otras formas de contar historias. Entonces, Gabo se volvió no un conservador, sino un dinamizador. Me siento orgulloso de mi equipo, ya no soy un emperador sino parte de un sistema parlamentario en el cual hay una responsabilidad compartida con un equipo que ejerce liderazgos abiertos".
El barranquillero que sigue tejiendo los hilos del legado de García Márquez habla de la "cheveridad", ese virus benigno que se nos contagia a quienes pasamos alguna vez por los talleres de la Fundación Gabo. Lejos de ser una ligereza, la "cheveridad" es para él "un humanismo práctico". "La 'cheveridad' -dice Jaime Abello- es totalmente compatible con el rigor y la seriedad profesional del periodismo. Al mismo tiempo -asegura- es un recurso magnífico para darnos cuenta que no tenemos verdades reveladas, significa una manera de asumir que la vida hay que recibirla como viene; que la mejor forma de relacionarse con los colegas es mediante la camaradería. El espíritu caribe de asumir la vida con cierta informalidad no dejarnos acartonar. La 'cheveridad' es una forma de humanismo práctico. Evitar que la soberbia nos aparte. Es decir que cualquier persona merece nuestra atención, que no estamos al servicio de los poderosos, sino de los débiles, y que el humor es un recurso muy importante para entender la vida. Darnos cuenta -advierte- de que no todo es blanco o negro, sino que necesitamos humor e ironía para poder convivir con una realidad cada vez más compleja".
Y vaya si el mundo se ha vuelto complejo. Jaime Abello no esquiva la mirada frente al presente adverso. Describe un panorama donde la tecnología ha sido instrumentalizada por los enemigos de la verdad, donde las redes sociales imponen la tiranía de la emoción y el algoritmo, y donde líderes autoritarios -desde Donald Trump hasta los mandatarios de Latinoamérica- intentan imponer narrativas únicas descalificando al mensajero.
"El periodismo es la voz incómoda frente al diluvio de propaganda que viene de los poderosos, llámese gobierno, políticos o empresarios, que están en plan de vendernos o imponernos su narrativa y el periodismo muchas veces desenmascara. El periodismo exige responsabilidad, señala las inconsistencias y las incoherencias; resalta las cosas que quieren esconderse. Además, cuando está bien hecho, el periodismo ayuda a comprender fenómenos altamente complejos, como el desafío que representa el uso de la tecnología para controlar, para concentrar poder, conocimiento, riqueza, influencia y cómo todo ese poder tecnológico tiene un costo ambiental, económico, social y político, que es algo que nos tratan de ocultar. El periodismo -remarca- está siendo desacreditado; su piso económico se ha movido y pierde, a veces, identidad en medio de la catarata de contenidos que circulan en las redes. Las competencias son muy desiguales, porque los algoritmos hacen prevalecer los contenidos más emocionales (la rabia, la indignación); entonces al tratar de producir información nos está obligando a performatizarla; el margen de atención es cada vez más reducido y las tendencias autoritarias se están imponiendo en el continente desde el punto de vista político. Estados Unidos se convirtió en un país enemigo declarado de la prensa y detrás de todo esto están las redes de comunicadores y consultores políticos que se mueven clandestinamente para que en la comunicación política no haya voces adversas".
Ante este diluvio de propaganda y desconfianza, la receta de Jaime no es la guerra, sino la serenidad y la excelencia extrema. "Necesitamos que las únicas buenas historias que salgan sean las que son verdad", dice con firmeza. En tiempos de inteligencia artificial y ficciones descontroladas, el periodismo debe esmerarse más que nunca, colaborar entre colegas y defender la democracia con la verdad como único escudo -dice-. Estamos obligados a ser mucho mejores que lo que hemos sido en cualquier momento en la historia del periodismo, porque las audiencias son cada vez más desconfiadas y exigentes. Y la reputación está en juego constantemente. Es el momento de desarrollar la solidaridad y apelar a que se reconozca al periodismo como una fuerza importante para mantener la democracia real y salvarla del autoritarismo. Hoy, con la Inteligencia Artificial, la mentira es más fácil que nunca y es un vehículo para manipular".
© LA GACETA
Miguel Velárdez - Periodista de LA GACETA, becario de la Fundación Gabo.
PERFIL
Jaime Abello (Barranquilla, 1958) es director general y cofundador, junto a Gabriel García Márquez, de la Fundación Gabo. Antes fue director de Telecaribe y trabajó en distintos proyectos periodísticos, cinematográficos y culturales. Desde 1995, impulsa desde la Fundación una amplia gama de talleres, festivales, programas y apoyos a periodistas de toda América latina, en lo que se ha configurado en uno de los mayores centros de formación periodistica del mundo. En 2025 recibió la Mención especial del Premio María Moors Cabot de la Universidad de Columbia por su aporte al periodismo.


