Diario de viaje: Miami me recordó a casa por una razón inesperada
Después de casi dos semanas en la calma de Kansas City, la llegada a Miami estuvo marcada por bocinas, discusiones de tránsito y un ritmo que, inesperadamente, volvió a sentirse familiar.

Resumen para apurados
No hizo falta ver el mar ni las palmeras. Tampoco los edificios que aparecen en todas las postales. Lo primero que me hizo entender que ya no estaba en Kansas City fue una bocina.
Llevábamos apenas unas cuantas horas en Miami y veníamos de una noche que prácticamente no existió. La cobertura de Jordania- Argentina terminó cerca de las dos de la madrugada. Después llegaron una ducha rápida, las valijas y un viaje al aeropuerto casi sin dormir. A las siete de la mañana despegó el avión y unas cuantas horas después, el Mundial ya nos esperaba en otra ciudad.
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Y apenas nos subimos a un ómnibus para recorrer algunos puntos de la Miami Beach apareció la primera escena. Un taxi se detuvo unos segundos para levantar pasajeros y la conductora del ómnibus se tiró con toda su humanidad sobre la bocina y no la soltó. No fue un toque para avisar, fueron varios segundos seguidos. Creo haber contado más de 10. El taxi arrancó y ella siguió acelerando mientras hacía sonar la bocina como si cada segundo perdido fuera irrecuperable. Me llamó mucho la atención.
No porque sea una escena extraordinaria. Todo lo contrario; porque sentí que ya la había visto muchas veces.
Después apareció otra. Una mujer en monopatín dudó unos segundos antes de doblar. El conductor de un auto que venía detrás bajó la ventanilla y le gritó que avanzara de una vez. Y más tarde nos pasó a nosotros.
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Cruzábamos una calle por el medio de la cuadra, aprovechando que no venía nadie, y una moto dobló, tocó bocina y la conductora nos señaló la esquina, como marcando por dónde debíamos cruzar. Y todavía faltaba una más.
Dentro del mismo ómnibus, una pasajera quiso bajar pero otra le impedía el paso. En lugar de un simple "permiso", llegó un "correte" dicho con bastante menos paciencia de la necesaria. La discusión siguió hasta la vereda.
Fueron cuatro escenas, las cuatro en apenas un puñado de horas; y entonces entendí que no era una casualidad.
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Kansas City y Miami no solamente están separadas por un vuelo de unas tres horas. También viven a velocidades completamente diferentes.
Durante casi dos semanas me acostumbré a una ciudad en la que los autos parecían esperar sin desesperarse, en la que los peatones respetaban los semáforos aunque no viniera nadie, y en la que hasta para cruzar una calle había que apretar un botón y aguardar el momento indicado.
Miami tiene otro pulso. Hay más autos, mucha más gente y más ruido. También más apuro. Todo parece moverse un poco más rápido.
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Y, curiosamente, en medio de ese caos apareció una sensación inesperada. La familiaridad. No porque extrañara las bocinas o las discusiones, sino porque de golpe, muchas de esas escenas empezaron a resultarme conocidas.
Después de varios días en una ciudad en la que el orden era casi una marca registrada, volver a escuchar bocinazos, ver conductores impacientes y descubrir un tránsito mucho más caótico me recordó inevitablemente a muchas ciudades de nuestro país. No digo que una forma sea mejor que la otra, simplemente son distintas.
Kansas City me enseñó cómo puede sentirse una ciudad en la que la paciencia parece formar parte de la rutina. Miami, en cambio, me recibió con un ritmo mucho más parecido al que conocemos de este lado del continente.
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Ahí fue entonces cuando entendí que el Mundial no solamente había cambiado de sede. También había cambiado de velocidad.


