Diario de viaje: En cada aeropuerto hay un agente de seguridad esperando a Matías
Seis vuelos dentro de Estados Unidos alcanzaron para confirmar una teoría que empezó en Lima: mientras yo atravieso los controles casi sin detenerme, Matías siempre termina apartado para una revisión más.

Resumen para apurados
Hay cosas que ya no hacen falta explicarlas. Después de seis vuelos internos por Estados Unidos, cada vez que llegamos al control de seguridad hacemos exactamente lo mismo. Dejamos las mochilas en la cinta, sacamos la computadora, vaciamos los bolsillos, esperamos que las bandejas avancen y cruzamos el escáner. Yo sigo caminando; Matías, casi siempre, no.
Ya ni siquiera nos miramos. Yo cruzo, junto mis cosas y busco un lugar desde donde pueda verlo. Porque, por alguna razón que ninguno de los dos termina de entender, siempre hay un agente que levanta la mano y le dice que se acerque.
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La primera señal apareció incluso antes de llegar a Estados Unidos. En Lima, ciudad en la que él debía hacía una escala antes de viajar al Mundial. Su tarjeta de embarque tenía una sigla que no conocíamos ninguno de los dos: SSSS.
Después supimos que significan Secondary Security Screening Selection, una selección para un control adicional que, en teoría, es aleatorio.
En la práctica, lo apartaron del resto de los pasajeros. Le hicieron sacar las zapatillas, lo sentaron, le revisaron el equipaje, lo palparon de pies a cabeza y recién después de varios minutos pudo volver a la fila. En ese momento él pensó que había sido una casualidad. Pero no.
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En Atlanta, el primer aeropuerto estadounidense que pisó, Migraciones decidió que todavía había preguntas pendientes. Mientras el resto de los pasajeros seguía viaje, él pasó casi media hora respondiendo consultas a metros del resto de los pasajeros, y cuando finalmente lo dejaron ir, tuvo que salir corriendo porque la conexión estaba a punto de despegar. Ahí ya empezó a sospechar que había algo raro.
Después vino el vuelo de Dallas a Miami y otra vez un control exhaustivo. Esta vez el motivo fue una botella de agua. El equipaje pasó una vez por el escáner, después otra, y otra más. Hasta que apareció un agente para revisar todo manualmente.
Nos reímos. Bueno, nos reímos después porque en ese momento siempre existe esa pequeña incertidumbre de no saber cuánto va a durar el procedimiento. Pero el capítulo más reciente llegó en el aeropuerto de Miami, antes de volar hacia Atlanta.
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Matías, que ya conoce el libreto, quiso adelantarse a los acontecimientos. Ofreció sacarse el cinto del pantalón antes de pasar. "No es necesario", le contestó una mujer con cara de buena amiga.
Pero pasó por el escáner y sonó. Entonces sí; a sacarse el cinto, las zapatillas, a pasar por un cacheo manual (que fue exhaustivo), a escuchar preguntas y a abrir su mochila una vez más mientras yo lo miraba desde el otro lado de un vidrio.
Lo curioso es que viajamos igual. Compartimos vuelos, horarios, hoteles y hasta muchas veces llevamos prácticamente las mismas cosas en la mochila.
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Mi historial con la seguridad aeroportuaria, en cambio, tiene una dosis mucho más baja de adrenalina. La única vez que tuve un inconveniente fue por culpa del mate. Llegué al control con el termo lleno y un agente me explicó, muy amablemente, que no podía pasar con agua caliente por el escáner. Me hizo vaciar el termo, crucé el control y lo volví a llenar del otro lado.
Fueron sólo dos minutos, fin de la historia. Mientras tanto, Matías ya parece tener un club de fans (o de haters, mejor dicho) entre los agentes de seguridad. No sabemos si es la barba, la cara de cansancio después de tantos vuelos, la mochila, la mala suerte o simplemente un algoritmo que decidió adoptarlo para siempre.
Lo único cierto es que cada aeropuerto suma un nuevo capítulo; por eso ya incorporamos una costumbre. Cuando terminamos de pasar el control, yo no camino hacia la puerta de embarque. Espero.
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Porque si algo aprendimos recorriendo Estados Unidos detrás de este Mundial es que los vuelos pueden cambiar, las ciudades también y hasta los estadios son diferentes. Pero hay una escena que, por ahora, nunca falla. Del otro lado del escáner siempre hay un agente llamando a Matías para una revisión más.


