César Pelli y Lola Mora: el encuentro de dos tucumanos ilustres en un museo que maravilla en Jujuy
A partir de una invitación especial de sus autoridades, LA GACETA recorrió el Centro Cultural Lola Mora antes de su inauguración oficial. Diseñado por el estudio Pelli Clarke & Partners, el edificio concebido por el arquitecto tucumano César Pelli abrirá sus puertas al público ho…

Resumen para apurados
JUJUY. Cae la noche y amparada por ella, la belleza irradiada por las creaciones de Lola Mora se torna casi hipnótica. Como un milagro caleidoscópico, las esculturas se proyectan sobre los ventanales y parecen multiplicarse hasta el infinito. Buscado o no, el efecto es deslumbrante.
Estamos en el Centro Cultural Lola Mora, a pocos días de la inauguración oficial. LA GACETA disfruta a pleno la recorrida privada por el magnífico museo que pensó César Pelli: un enclave de la más pura tucumanidad entre las yungas jujeñas. Es en esta exuberante geografía donde el cincel que le da forma al edificio se hunde entre el follaje. Pero no lo lastima; más bien se mimetiza con él. Arquitectura, arte, visión, un gusto exquisito.
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A pocos minutos del centro, Alto La Viña es el escenario ideal. Similar en ubicación y en ambiente a El Corte, trazando un paralelismo tucumano. El Centro Cultural ya sorprende desde la mirada externa: el ingreso y el corazón del edificio lucen unidos por una pasarela que parece flotar sobre la vegetación. Es que, de tan amigable, la estructura completa se integra con naturalidad al paisaje. Es lo que deseaba Pelli, aunque otro de sus anhelos -dejar las seis esculturas al aire libre- quedó de lado. Ganó en ese sentido la necesidad de preservar obras que estuvieron mucho tiempo a la intemperie y necesitan reparar sus nanas bajo techo.
Oficia de sherpa en esta travesía Ramiro Tejeda, secretario de Planificación de Jujuy y responsable de liderar el proyecto. También supervisó el traslado de las obras de Lola Mora: La Libertad, El Progreso, El Trabajo, La Paz, La Justicia y Los Leones para conformar una colección única. Es un patrimonio antes disperso por San Salvador de Jujuy y ahora jerarquizado en un museo que es, a la vez, envidia y orgullo de la región.
"Lo que quiso hacer César es que en este recorrido uno se vaya sorprendiendo con las perspectivas", explica Tejeda. Una arquitectura concebida para que el visitante descubra las esculturas de manera gradual, ya que todas esperan al final del camino.
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El centro de interpretación aparece integrado al recorrido, ofreciendo contenidos sobre la vida y la obra de la artista. Hay dispositivos interactivos, proyecciones sobre columnas que representan los bloques vírgenes de mármol en los que hundía el cincel Lola Mora y un componente inclusivo. Se trata de réplicas a escala de las esculturas, destinadas a personas con discapacidad visual. Pueden tocarlas, recorrer sus aristas, y percibir así lo magnífico de las piezas originales.
Pero, ¿Lola Mora era tucumana o salteña? El Centro Cultural esquiva la polémica y explora los distintos aspectos de su biografía, incluyendo los debates que todavía rodean su figura desde una respetuosa distancia. Por eso en los paneles se puede aprender sobre "Lola Mora tucumana", "Lola Mora salteña", "Lola Mora porteña" y "Lola Mora jujeña". Los datos están allí.
"Siempre se buscó generar espacios complementarios sin que haya una fuerte presencia por sobre las esculturas", remarca Tejeda. La arquitectura acompaña esa idea, ya que a medida que se avanza los colosos de mármol aparecen desde distintos ángulos, recuperando una dimensión que muchas veces se pierde en las salas convencionales. Ya junto a ellos, la escala real de su tamaño, de su complejidad y de lo hermosos que son quita el aliento.
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Este enfoque museográfico permitió recuperar aspectos muy valiosos del trabajo de Lola Mora, por ejemplo su profundo estudio de la perspectiva. Un ejemplo es La Paz, que llegó a Jujuy sin el pedestal original. "Si la mirás desde un determinado ángulo y la comparás con La Libertad parece más regordeta. Pero son iguales. Es el estudio de la perspectiva que tenía Lola para con las esculturas. en ese sentido, ella estaba un metro más arriba", sintetiza Tejeda.
La ausencia de esa base planteó un dilema al momento de la restauración. La disyuntiva era si había que reconstruirla o permitir que las huellas del tiempo siguieran contando historias. Decidieron no recomponer el pedestal.
"Cuando las esculturas llegan a Jujuy, Lola las reinterpreta y les da un nuevo significado -advierte Tejeda-. Los principios van alrededor de la Casa de Gobierno que se estaba construyendo en ese tiempo. Por eso La Paz, La Justicia, La Libertad y El Progreso se emplazaron allí. En cambio, El Trabajo recibió un trato diferente. Lola la instaló como homenaje junto a la estación del ferrocarril, frente a los sembradíos que había en esa época en Jujuy. Es un labrador".
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El caso de Los Leones es de los más emblemáticos. Las esculturas atravesaron décadas de traslados, daños y controversias hasta convertirse en parte inseparable de la memoria urbana jujeña. "Originalmente Lola los instala detrás de Casa de Gobierno, con el mensaje de que los reyes de la naturaleza cuidaban la espalda del gobernador", relata Tejeda. Pero los felinos de mármol fueron víctimas de un maltrato vandálico que llegó a ponerlos en serio riesgo. Ahora descansan y recobran fuerzas en la quietud de Alto La Viña.
Todo transmite alguna clase de mensaje en el Centro Cultural. Desde los materiales utilizados, con el vidrio como emblema, pasando por la forma de cincel, hasta su carácter ciento por ciento sustentable. Es un encuentro sugestivo entre arte, arquitectura, historia y modernidad al que apostó el Gobierno jujeño cuando decidió financiar esta obra. Y es, por supuesto, un diálogo maravilloso entre Lola Mora y César Pelli, dos hijos de Tucumán encontrados, a la vuelta del tiempo, no muy lejos de su tierra. En este norte todavía capaz de generar prodigios.
Cuando el Gobierno de Jujuy le propuso a César Pelli diseñar un museo para albergar las esculturas de Lola Mora la respuesta fue inmediata. "César era un fanático de ella, siempre la admiró muchísimo", recuerda el arquitecto Axel Zemborain, integrante del estudio Pelli Clarke & Partners y uno de los directores del proyecto junto con Susana La Porta Drago.
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Pero la idea original del célebre arquitecto tucumano era otra. "Le mostramos lo que era este maravilloso terreno, que es espectacular, con vistas bárbaras hacia la ciudad, y quedó fascinado. Dijo que prefería que las esculturas estuvieran en un jardín", cuenta Zemborain. No obstante, la realidad imponía otra necesidad. Las esculturas llevaban más de un siglo expuestas a la intemperie y el objetivo provincial era preservarlas.
A partir de esa premisa, el estudio buscó conservar la relación entre las obras y el paisaje desarrollando un edificio que fuera lo más transparente posible y usara la yunga como telón de fondo, para que en todo momento las obras se vieran junto al verde.
Con el paso de los años, la silueta del Centro Cultural fue asociada a un cincel, herramienta inseparable del trabajo escultórico. Sin embargo, Zemborain aclara que la forma no surgió de una intención simbólica previa; más bien se trató de una obligación del diseño a partir del suelo y del entorno. Resultó, a fin de cuentas, una feliz serendipia.
"El lugar es muy complicado porque está dividido en dos por un bañado. Era muy difícil posicionar el edificio en un terreno bastante acotado para la cantidad de metros cuadrados que necesitábamos -advierte el arquitecto-. Tomamos esta forma porque nos permitía adaptarnos a la parte donde no había árboles; fueron unos pocos los que debimos trasplantar".
La complejidad topográfica también definió uno de los rasgos más característicos del conjunto, como es el largo puente de acceso que atraviesa una pequeña quebrada y conduce al visitante hacia las salas de exhibición.
"Es un puente bastante angosto que se va ensanchando a medida que uno va hacia el oeste, hacia el valle y hacia las vistas -detalla Zemborain-. Al final quedaron dos grupos de obras, uno a cada lado, lo que nos permite contar desde un punto específico con la vista de las seis esculturas al mismo tiempo, de una forma similar a como estaban originalmente en el Congreso de Buenos Aires".
"Teníamos que hacer algo que realmente mostrara la maravilla que son estas esculturas", afirma. A esa exigencia se sumaron las dificultades del emplazamiento y una serie de objetivos ambientales particularmente ambiciosos. "Queríamos que todo fuera sumamente sustentable. Es un proyecto net zero, quiere decir que produce toda la energía que utiliza. Para eso revestimos los techos con paneles solares y colocamos una turbina eólica que también produce electricidad", indica.
La sustentabilidad no fue el único desafío técnico. También había que resolver cómo construir una envolvente prácticamente transparente sin sacrificar estabilidad estructural. El vidrio se convirtió así en uno de los protagonistas absolutos del proyecto. Su presencia responde a una intención muy concreta: borrar los límites entre interior y exterior. Nada menos que traer el bosque adentro del edificio y que sirviera de telón de fondo para las esculturas.
El resultado -extraordinario- incluye un techo que parece flotar, ya que está sostenido por el núcleo donde está el centro de interpretación y sólo dos juegos de columnas en ambas cabeceras del puente, separadas por 25 metros.
"Empezamos a fines de 2018", recuerda Zemborain. Después la pandemia alteró cronogramas y procesos en todo el mundo. Pero la obra avanzó y terminó materializando una idea concebida años atrás en los tableros de arquitectura y en los recorridos iniciales por la ladera jujeña. ¿Qué implica verla concluida? Lo resume Zemborain: "cada vez que miro descubro cosas nuevas que me sorprenden y realmente maravillan".


